Para ella seguía siendo aquel niño de doce años que le pedia un rápido beso tras el escenerio, que se reía entrebastidores, fingiendo una paraplegia tan terrible como cómica; aquel niño que se había convertido en el chico de sus sueños (junto con otros tantos) al que había llamado en un arrebato de locura y estupidez infantil, una entretenida tarde de palomitas de maíz. Que después había desparecido de su vida casi por completo, jamás del todo, para volver transformado en algo que aún no podía definir, que no quería definir. Porque no era nada más que ese conjunto indefinido de recuerdos, de música, de humo de tabaco, de tardes de teatro, de noches de ciudad, madrugadas de verano.
Un bar naranja, como la caja negra de un avión.
Una plaza iluminada entre vasos y alcohol. Un rápido sonrojo entre un choque de miradas. Algo que jamás iba asuceder. Esos labios que jamás se iban a encontrar por muy avidamente que buscaran entre la multitud. Una vida diferente, paralela, que les besaba al pasar.