lunes, 28 de marzo de 2011

Sería fuerte

Entonces pensó, en el momento más horrible, triste y oscuro que había vivido, que sería fuerte, mucho más fuerte que toda la mierda que la rodeaba, mucho más fuerte que todo lo malo que pudiera pasarle; porque era cuestión de vida o muerte, luchar o caer. No iba a rendirse nunca más. Porque sabía que había un futuro brillante, aunque no pudiese verlo. Tenía que existir, lo percibía, al igual que percibía que sería difícil de alcanzar.
Pero nada sería peor que aquello, nunca volvería a sentirse más sola que entonces, no estaría tan perdida jamás, no podría caer más bajo ni hundirse tanto en la mierda como hundida estaba entonces. Ella sería más fuerte, después de todo, ya estaba sola y desamparada, se había dado cuenta de que necesitaba a alguien, pero también se había dado cuenta de que no tenía a nadie. Y en realidad era mejor así, odiaba ser la víctima en el drama, no esperaba que la rescatasen de pronto, se rescataría a sí misma. Bien, todo era cosa de acostumbrarse y no, no de acostumbrarse a lo normal. Madurar de golpe, soportar mil mentiras que ni si quiera eran suyas, afrontar la propia disgregación de los únicos apoyos que había conocido y contenerse para no buscar más amparo del que podían darle y para no imaginar un mundo feliz que solo conocía de la envidia. Sería fuerte, lo aguantaría todo y se centraría en su meta sin que importara nada más. El objetivo era claro: sobrevivir y no precisamente a costa de sí misma. Podían acompañarla o quedarse por el camino, pero no se iba a desviar del objetivo porque no había nada más que pudiera salvarla. Tardaría en llegar, incluso tardaría en encontrar el camino de subida, pero lo encontraría y aunque la pendiente fuera apenas apreciable, la recorrería y volvería a intentarlo si fallaba, y daría igual estar sola, y daría igual estar perdida y sucia, porque ese futuro cargado de luz sería suyo; ya era suyo.

domingo, 27 de marzo de 2011

La verdad

Y, simplemente, ya nada era como antes, había sido una marcha lenta pero inexorable, como la de los tanques atravesando las brechas de una ciudad. Ahora se había convertido en algo irreversible. Había ido pasando de mano en mano como un cigarro entre adolescentes, ahora ya no pertenecía a ningún sitio. Los trenes, los autobuses e incluso los aviones parecían mucho más reales y cercanos, de un modo u otro su tiempo en aquella ciudad se agotada, y se agotaba mucho más rápido de lo que tenía previsto. Necesitaba empezar de otra manera, empezar en otro sitio y buscar algún lugar al que poder pertenecer por sí misma, puede que jamás lo encontrara pero no dejaría nunca de buscarlo. Ya había constatado con suficiente exactitud que por mucho que le pesara no, no pertenecía allí y ya no era tan ingenua o ya no se hacía la idiota con tanta facilidad como para construir algún extraño hilo entre esas personas y ella. Puede que lo hubiera habido hacia años, o hacía meses, o puede que entonces también hubiera sido producto de su imaginación. Bien, había perdido la capacidad de imaginar. La realidad era bastante dura, la realidad era bastante solitaria, la realidad era bastante dolorosa y sabía un poco a sal. Tal vez el problema era que no había nacido con suerte, tal vez nunca tendría suerte en su vida y fuera a donde fuese seguiría sin tenerla… Tal vez ella, en si misma, fuera un problema.

Maldita dulzura

Y hablas para no oirme.

y bebes para no verme.

Yo callo y rio y bebo,

no doy tregua ni consuelo

y no es por maldad lo juro

es que me divierte el juego.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Viaje

Sabía que no era el momento, pero le dolía demasiado el mundo en ese instante, el polvo le calaba los huesos, el calor le atravesaba y el intenso olor a sangre y pólvora bombeaba su cabeza mientras la sangre iba escapando poco a poco.
Y mientras la abrazaba con fuerza, intentando captar su calor entre el calor implícito en la muerte se preguntó como había llegado allí, que clase de decisiones habían terminado con sus huesos en la otra punta del mundo, sin saber del todo si habría un día siguiente a ese o si serían sus últimos instantes.
De pronto lo veía todo como desde una perspectiva distinta, dicen que cuando sabes que vas a morir ves tu vida a contraluz, pero no era cierto del todo, sólo veía lo importante y lo importante habían sido aquellas últimas semanas. Aquella huida sin control por el bazar de madrugada. La duermevela en un banco en mitad de la nada. La caminata interminable por el desierto con los calcetines sudados. Correr por una selva extraña huyendo del cólera. Analizar síntomas imaginados junto a un río de agua turbia. Tantos recuerdos en tan poco tiempo, y la mente tan clara como para poder discernir sin lugar a dudas que eso y solo eso había sido lo más importante de su vida, y no podía imaginar alguien mejor para haber compartido aquel tiempo extraño que ella. Porque no la conocía, porque sabía todo lo que merecía la pena saber y todo lo que merecería la pena por siempre, porque ambos estaban solos, porque ambos eran lo mismo, dos fugitivos huyendo en una misma dirección. No habría durado más que dos por el mundo de no haber estado con ella.
Se le iba la cabeza, lo notaba. La miró, agarrándola aun con más fuerza, ella ya estaba inconsciente y tampoco dejaba de sangrar. Y se dejó ir, después de todo, volviera o no a despertar, había vivido la vida de la forma más intensa posible, no se arrepentía de nada y mucho menos de aquel viaje loco.
No se arrepentía porque había llegado al final del viaje, había descubierto que la vida es infinita y libre y que, por encima de todas las cosas, merece la pena sacrificarlo todo por vivir la vida del modo en que quieras vivirla al margen del mundo entero.

Sirocco

Era una de esas tardes de decisiones poco trascendentales, anodinas, soleadas y ventosas, cargadas de sirocco y de un ambiente extraño, donde el bar queda tan cercano como la estación del tren, donde se es tan liviano que el propio viento te puede llevar hasta el lugar de siempre o a lugares lejanos y nunca vistos.
Y ella seguía caminando, con esa sensación de estar perdiéndose su propia vida y no tener la capacidad para encontrarla.
Y ella seguía caminando, sin querer o tal vez queriendo. Era un tiempo extraño para una persona extraña, cientos de cambios pero ninguna decisión al respecto, realmente, ya no bastaba solo con pensar y pensar, y calcular y razonar. De pronto, en un instante, había llegado el momento de decidir. Era la hora, todas las cartas estaban a favor, no podía retrasar el instante simplemente por el miedo de no tener los ases bajo la manga.
Quizás por eso siguió caminando; podían más las ganas de vivir que todo el miedo y todas las dudas. No sabía si estaba haciendo bien o mal, pero notaba en los huesos que había llegado el momento de vivir, de madurar, de exteriorizar el cambio o tal vez de interiorizarlo por completo. Y no tenía nada que explicar a nadie, no hacía falta contarlo. Al final era lo único cierto que había sacado en claro, estaba absolutamente sola y ya no era necesario fingir lo contrario. Era una soledad tranquila y dulce, como la de los cementerios.
Por fin había se dado cuenta, no iba a contar nada más, y seguía caminando.

Mírame, soy feliz, tu juego me ha dejado así.
Engañar, seducir, ponerme
guapa para ti.

No sé dónde quedó el rumor que nos vió nacer
,

pagó la jaula al domador...

.

Sálvese quien pueda

Puedo volver ,
Puedo callar
Puedo forzar la realidad
Puedo doler
Puedo arrasar
Puedo sentir que no doy mas
Puedo escurrir
Puedo pasar
Puedo fingir que me da igual
Puedo incidir
Puedo escapar
Puedo partirme y negociar la otra mitad

Puedo romper
Puedo olvidar
Puede comerme la ansiedad
Puedo salir
Puedo girar
Puedo ser fácil de engañar
Puedo joder
Puedo encantar
Puedo llamarte sin hablar
Puedo vencer
Puedo palmar
Puedo saber que sin vosotros puede más

Puede ser que mañana esconda mi voz,
Por hacerlo a mi manera
Hay tanto idiota ahí fuera
Puede ser que haga de la rabia mi flor,
y con ella mi bandera
Sálvese quien pueda

Puedo torcer
Puedo lanzar
Puedo perderme en la obviedad
Puedo servir
Puedo cansar
Puedo saber que sin vosotros puede más

viernes, 18 de marzo de 2011

Reiniciar

Se había equivocado, y solo quería reiniciar, empezar otra vez desde el principio, sólo volver a empezar, fuera donde y como fuese pero, simplemente, no había forma de seguir. Continuar, ¿para qué? Error tras error; inevitables, incomprensibles, los cometería una y otra vez porque ya no había vuelta atrás.
¿Para que seguir? Algo tan mediocre que jamás pueda avanzar. Había alcanzado el techo de cristal, y lo había alcanzado demasiado pronto, tras él no había nada, la vida patética que seguiría por siempre, la misma ciudad, la misma gente, las mismas mentiras, el mismo ambiente.
Y daba igual la cantidad de alcohol que corriera por sus venas, los innumerables cigarros que hubiera entre sus dedos o todos esos sueños… Porque ya ni si quiera, ni tan si quiera tenía sentido soñar, ¿de que iba a servir? No iba a cumplirse nada, nada iba a ser verdad.
Lo sabía, era tan consciente de la realidad, que casi no podía respirar, que no podía entender por qué ni podía tampoco evitarlo. Por eso quería reiniciarlo todo, ya había visto su vida, ya había decidido que era peor que mala, anodina; había cometido tantos errores que la acompañarían por siempre que el resto apenas contaba, el resto no existía, el resto solo eran resultado de los errores, y sabía que no importaba cuanto viajara, que no importaba nada porque la mediocridad y los fallos la acompañarían por siempre.
Reiniciar, sólo quería reiniciar, sólo le costaba respirar. Cada día peor que el anterior, cada hora más larga, mucho más larga. No había sentido en nada, todo estaba tan terriblemente claro que quemaba…
Tan solo reiniciar.

jueves, 17 de marzo de 2011

mensaje en una botella

Cómo se nota,
cuando sólo necesitas escribir,
cuando sólo necesitas soltar lastre
y meter el mensaje en una botella
y lanzarlo al aire,
y esperar que llegue al mar.

miércoles, 16 de marzo de 2011

Todo se iba desmoronando poco a poco, todo se iba cayendo, todo se iba terminando, el mundo se estaba rompiendo. No queda nada, ni avanzar, no queda nada por hacer. Sin escombros que abarcar. Alguna vez tuvo que irse apagando, alguna vez se empezaba a terminar. No es opción permanecer quieta llorando, nunca supo levantarse y caminar.

martes, 15 de marzo de 2011

Renaissance

“Es lo que hay” ¿Y por qué no hay otra cosa?
“Es lo normal” Pero yo quiero algo extraordinario.
Y a veces quieres gritar, y a veces quieres saltar, y a veces quieres saber, y nunca se puede razonar, y quieres que el tiempo se pare y que eche de nuevo a andar, y muy de vez en cuando te planteas como sería aquello de morir y casi siempre hay ganas de llorar.
Pero de pronto estalló la bomba, se incendió el reactor y ya no hay vuelta atrás, y el mundo cambia, no, cambias sin querer, porque la vida es cambio y nada puede pretender que dejes, simplemente de crecer.
Así son las cosas. Buenas noche y buena suerte. Porque al final sólo queda la suerte.
Al final quedas, tan solo quedas tú, porque de pronto tu vida es tuya, el cielo sobre la cabeza, el suelo bajo los pies y empezar de cero sin nada más que la verdad, más que cientos de injusticias a las espaldas, más que la suerte de saber que pase lo que pase y después de todo, sabrás afrontarlo.
Tan solo es transición y mientras transcurre, tan solo es soledad.
Pero quedan cosas por vivir, grandes cosas, extraordinarias y temibles, diferentes y sobre todo, muy lejanas. Y es por la vida que me espera porque vivo. Y de pronto me doy cuenta de que mientras todo explota, mientras todo miente, yo viajo a alta velocidad, no tengo tiempo de mentir, no tengo tiempo de dudar, tengo las cosas claras aunque ni idea de lo que va a pasar. Sólo hay tiempo de atenuar el impacto mientras llega, lo que me interesa y no de pronto es lo que me salvará o no. Y si nada me salva pues estaré mucho más jodida, no me preocupa, no será algo nuevo. Pero yo viajo a gran velocidad, sólo tengo tiempo de cosas simples, enormes y extremas como amar, nada de dudar, ni de fingir ni de engañar, sólo las cosas claras. Darlo todo sin esperar nada, arrojarse al precipicio sin pensar.
Ten las cosas claras si pretendes viajar conmigo.
De nuevo, sólo el cielo sobre la cabeza, de nuevo el suelo bajo los pies. Yo tengo que viajar, como un meteoro incandescente, demasiado rápido para frenar; así que decide rápido, puedes venir a mi lado, o puedes quedarte atrás, no voy a mirar dos veces, no voy a perder tiempo merezcas o no la pena, porque no hay tiempo que perder, porque tengo que empezar a vivir cuanto antes, tengo que empezar sea como sea. De todas formas, ya estaba sola, y en cuanto a mi, queda un sitio con tu nombre bordado. Yo quiero que estés aquí.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Altos vuelos, tremendas caídas

Empezó a barruntar sin querer. Estaba volando muy alto, mucho más alto que nunca aun cuando sus pies seguían pisoteando la dulce y comprensiva carretera. La carretera, que jamás la iba a abandonar, que jamás la iba a llevar a ningún sitio en concreto, que siempre tenía grandes ciudades y luminosos letreros en sus márgenes, que siempre acababan quedando atrás con la promesa de ciudades aun mayores, de carteles aun más brillantes, de lugares aun más extraordinarios.
En ese instante no era bastante la promesa de de la carretera, no servía como aval para cuando todo (bueno, tal vez no fuera todo, pero si era lo único) que realmente la transformaba en una persona feliz, absoluta y ridículamente feliz, se marchara. Cuando su siempre recta y llana carretera no fuera bastante para retenerle, para enjaular algo tan extraordinario.
No era bastante y en el fondo sabía que nunca volvería a ser suficiente, no después de todo lo que estaba viviendo pero en fin, por lo menos estaría y la certeza de que seguiría habiendo una carretera era también la certeza de que podría correr y correr hasta alejarse de la zona cero, y seguir corriendo hasta alejarse del mundo.
Aunque lo negara, ya no sentía la carretera tan firme bajo sus zapatos, llevaba meses sin rozar el suelo y mientras miraba hacia abajo sin nostalgia alguna no podía evitar preguntarse si tal cual ella se había conformado durante años con la carretera y seguiría conformándose para el resto de su vida, tal cual se conformaban con ella. Después de todo, siempre hay algún instante en la vida en que llegas a plantearte que algo es mejor que nada y el eco lejano de una felicidad perdida, aunque encarnado y leve en otra persona, puede llegar a servir hasta que vuelva o hasta que llegue algo aun mejor. Tenía miedo de ese par de circunstancias, aunque las contemplaba como el fin inevitable de sus altos vuelos.
Volvió a mirar a la carretera, intentando denodadamente sentir nostalgia pero no pudo.
“Ojalá estuviese a merced de mis pies y no a merced del viento.” –Pensó-. “El viento, tan obstinado, olvidadizo, caprichoso y traicionero.”

domingo, 6 de marzo de 2011

Demasiado diferente

- La cosa está jodida.

- ¿Y cuando no lo estuvo?

- Pues cuando no pensabas tanto, cuando no pensabas tanto la cosa no estaba tan jodida.

- Bueno, ya es tarde, no suelo controlar hasta donde debo y no pensar.

- Pues deberías hacerlo, al menos por un tiempo… ¿de verdad crees que este es el momento? ¡Mírate! No tienes agallas, te cansarías al primer intento y lo dejarías para más tarde, como haces con todo; verías a todo el mundo disfrutando mientras tú te sacrificas para algo tan nebuloso como tú.

- Pero las cosas cambian, cambiaron ya hace bastante; no podría ya disfrutar como ninguno de ellos y puede que sea algo nebuloso, pero me estoy muriendo y lo necesito. Es muy extraño pero he comprendido muchas cosas, siempre calculo, lo calculo todo y esta vez, cuando pierda, perderé demasiado, no podría soportarlo, ya no podría seguir con mi vida de antes como si nada, de hecho, ya no querría seguir con mi vida de antes; da igual que pasara el tiempo o que dejara de pasar. No estoy lista para perder, aún. Por eso debo prepararme, tenerlo todo listo para cuando ocurra y empezar a amontonar las provisiones.

- ¿Y si no pierdes? ¿Y si lo único que estas haciendo es el tonto pero de forma dramática?

- No, tú lo has dicho, la cosa está jodida; lo has visto, lo has escuchado, lo sientes latir y no precisamente en mi pecho. Lo tengo bastante jodido.

- Me refería a tus aspiraciones estúpidas. Vive lo que te toca, total, el resto lo hace y no les va del todo mal, esperan, siguen, esperan, siguen; se desarrollan casi por casualidad o simplemente no se desarrollan y dejan que el mundo los desarrolle a su antojo. No puedes evolucionarte a ti misma cuando te da la gana, ni decidir lo que el mundo hará de ti, ni calcular cada paso con tanto tino. Haz como hacen ellos, tampoco es tan difícil. Si no puedes volver atrás pues hazte la tonta un rato y ya está, el resto lo hacen y no pierden tantas cosas ni si quiera parece que pierdan el tiempo… no se, ¿por qué no puedes ser un poco más como los demás?

Se hizo el silencio durante unos instantes.

- Parece mentira que yo lo diga pero… Creo que soy muy diferente a los demás, creo que soy demasiado diferente del resto y se que es bueno, aunque ahora me cuesta mucho aceptarlo.

La última noche

Era la última noche, lo sabía, de algún modo (tal vez de algún paranoico modo) lo sabía. Quizá porque aguzaba el oído hasta escuchar el estruendo inexorable de la artillería americana, quizá porque ya no encontraba fuerzas para seguir y hasta él mismo necesitaba un final, fuera cual fuera este. Pero aquella era la última noche y esa era la única certeza que había tenido en mucho tiempo.
Y como estaba tan obstinadamente seguro, como tenía tanto miedo y como sabía que no sólo era la última noche de aquel tiempo, sino la última noche de su vida, la dedicó tan solo a si mismo y a imaginar el momento más feliz de toda su existencia.
Total, ya no tenía sentido negárselo por más tiempo ni preocuparse de nada más, no volvería a vivir nunca, no volvería a pasear por Berlín, no iría de nuevo tomar un trago con sus amigos, jamás vería el mar del sur ni cruzaría los Alpes ni viajaría en avión. Y jamás volvería a verla. Era el final, el último instante de calma, silencio y oscuridad, puede que al morir se volviese loco o tuviese demasiado miedo como para pensar en nada más. Por eso había decidido aprovechar lo últimos instantes de lucidez para si mismo, para ser feliz aun cuando fuera una felicidad imaginada que no había existido.
Cerró los ojos, cerró la mente y el resto de sentidos hasta que pudo escuchar claramente el mar a través de la ventana, a miles de millas, hasta que sintió como su propia respiración pausada y tranquila chocaba contra aquel pelo castaño y se derramaba por su dulce espalda. Y ella se giraba, le daba un beso apenas perceptible y volvía a recostarse con una sonrisa, y esa sonrisa se propagaba hasta él; a la mañana siguiente desayunarían café rápido, con un bollo tal vez, se arreglarían e irían cada uno a sus respectivos trabajos; él llegaría un poco antes a casa, haría la comida para ambos y se sentaría en el comedor a escuchar la radio mientras fumaba, después volvería a trabajar, y poco después ella llegaría a casa, a encontrar una porción de comida caliente. Y es encontrarían de nuevo de noche, y hablarían del día, y se regalarían ese cariño tan suave y dulce, tan huracanado y terrible, tan tremendo y tan inevitable. Y sería así para siempre, junto al mar, con tanta calma, con tanta tranquilidad, con tanta felicidad.
Y esa sonrisa tan absoluta le acompañó hasta su triste realidad
Pero daba igual, aun cuando nunca había estado cerca del mar, aun cuando no había vivido jamás con ella ni había tenido un trabajo más o menos real. Habría dado el mundo entero por haber tenido aquella vida tan simple y tranquila. Pero el mundo no había sido nunca suyo.
Se durmió sin querer y fue el sueño más tranquilo y reparador que había tenido en años, y fue el último sueño de toda su vida.

Catástrofe

Necesitaba estar sola, necesitaba estar sola y no darle explicaciones a nadie y no hablar con nadie y quedarse fumando a las tres de la mañana sentada en un sofá de un cuchitril de alquiler intentando discernir en donde termina la realidad y empieza la pesadilla.
Necesitaba quedarse en silencio durante horas y horas, sola. Necesitaba pasear por Oviedo a horas donde nunca hay nadie. Sentarse en un parque, olvidar el reloj, olvidar todo lo demás. Y lo necesitaba para poder respirar, para poder demostrar a quien fuese que no dependía de nadie más que de sí misma, de nadie en absoluto. Porque si, porque era terriblemente dependiente, porque se aferraba a lo más inconmensurable, se aferraba a cosas demasiado inmensas y complejas para su mente sencilla y mundana.
Y daba miedo, daba miedo porque llevaba demasiado tiempo dejando pasar la vida ante sus ojos, demasiado tiempo ajena a todo, incluso a sí misma, demasiado tiempo manteniéndose al margen, surcando el espacio exterior a velocidades inimaginables con tal de no pensar y de no existir y, sobre todo, de no sentir. Pero se había terminado el combustible, había caído con terrible suavidad a la Tierra, tan terrible y tan liviana que cuando se había querido dar cuenta no podía volver a volar. No era capaz de soportarlo. Marginarse de la vida es difícil y lleva tiempo pero una vez se consigue es tan fácil y tan cómodo que de pronto el proceso de erosión del alma se olvida para siempre.
Perder eso era quedarse desnuda en la nieve. Y hacía frío y daba miedo y no podía volver atrás. Pero necesitaba un plan alternativo, una vía de escape al muy posible desastre que llegaría tarde o temprano. Un desastre que se avecinaba incluso antes de hacerse tan absolutamente evidente como entonces. Y su plan era ni más ni menos que la soledad, que depender de sí misma, que no tener que aparentar, ni que vivir a la manera de nadie. Necesitaba un refugio nuclear y lo necesitaba con urgencia, donde poder llorar a la manera de los niños, donde poder correr por los pasillos y desayunar a las siete de la tarde y tomar el té de las cinco a las cinco de la mañana y fumar incansablemente y escribir en su vieja Olivetti a toda prisa. Ya no había forma de seguir viviendo del mismo modo y dormir por las noches a la vez. Se angustiaba pensando que la catástrofe la volvería a abrazar por sorpresa, que estaba gritando muy alto sin oír su propia voz, que se estaba perdiendo a sí misma, que no era capaz de avanzar...
“Necesito estar sola”-Pensó apurando el cigarro a escondidas- “Cuánto necesito estar sola…”

martes, 1 de marzo de 2011

Aquellos ojos

- Podrías venir conmigo.
Vio su reflejo en aquellos ojos grandes y castaños. Vio su propio rostro pálido, nervioso y asustado y supo, de alguna forma, que aquel era el principio y el final de todo.
No iba a esperar mucho más y había tantas cosas que daban miedo en aquel momento… Daba miedo el futuro, daba miedo perderlo todo y daba miedo confiar y pensar que podía vencer para después percatarse de la inevitable derrota.
Pero en el fondo sabía, que solo tenía que repetirlo para que lo dejara todo atrás. Sólo quería ser feliz, una felicidad egocéntrica y completa, venenosa y absoluta, tan frágil como su piel demacrada, tan intensa que daba aun más miedo que dejar el mundo atrás.
Y solo tenía que repetirlo una vez más porque muy a su pesar, habría sido capaz de perderlo todo, todo menos aquellos ojos castaños. Y era infantil y ridículo pero era demasiado cierto como poder negarlo. En algún momento había perdido el control de todo lo que le rodeaba y de todo lo que sentía, se había ido desbordando poco a poco, sin darse cuenta. Ahora sólo quedaba el miedo. No era capaz de imaginarse una vida sin aquellos ojos, no era capaz de dar una respuesta ni de seguir adelante, el tiempo pasaba muy lentamente y sabía que estaba perdiendo; ya no era suficiente con suplicar un “te quiero”. Tenía miedo porque no sabía lo que era pero algo había cambiado y aun seguía viendo aquellos ojos castaños.