Lo mejor de mi fiesta de cumpleaños fue cuando anocheció y pude camuflarme entre la multitud y ser parte de la fiesta sorpresa que nunca me sorprendió, y pasaron todas esas cosas chocantes, crudas y terribles que pude ver con los ojos bien abiertos sin que nadie me permitiese apartar la mirada. Volver a casa en un taxi inhumano; tan sola como nunca había creído estar realmente. Sin poder dormir en una cama vacía, un nudo en la garganta y una melodía sonando con fuerza en la cabeza, con el teléfono inmóvil para siempre y mudo, observando desde la mesita de noche.
Lo mejor de mi fiesta de cumpleaños fue cuando amaneció, y no recordaba nada de lo anterior, y estaba en la cama oliendo a tabaco y alcohol, mis padres gritaban abajo, los perros ladraban fuera y yo aun ensoñaba que estaba donde quería estar, que estaba con quien quería estar, aunque no tuviera aun muy claro donde ni con quien; para después ir despertando y notando que la realidad era tan inamovible como parecía, que no cambiaria nada y que siempre me despertaría el sonido embotado de una radio, mis padres chillando abajo y los perros ladrando fuera; o quizás no, quizás todo cambiara de un momento a otro, quizás tuviera algún tipo de opción.
Lo mejor de mi fiesta de cumpleaños fue cuando llovió, y la gente empezó a correr de un lado a otro, y el tiempo se detuvo, mi vestido se mojó, se me chafó el pelo y recordé todas esas locuras que siempre había querido hacer, las cosas en las que siempre quise destacar. No había hecho nada al fin y al cabo, solo imaginar lo genial que sería poder hacer los trazos precisos, o las frases concretas, y me di cuenta de que a pesar de todo y aun cuando daba la impresión de que no había forma posible; aun podía hacerlo todo y ser tan genial como no había sido hasta el momento. La cuestión era que estaba tan amordazada que era incapaz de creerlo.
Lo mejor de mi fiesta de cumpleaños fue cuando la espalda dolió, y salí despacio, y no quedó tiempo, ese tiempo que había invertido en el aire de alrededor, y el resto de años parecieron ridículos y el año por venir pareció el último, y de pronto había malgastado mi vida y de pronto no me importaba porque, en realidad, tampoco había merecido la pena.
Lo mejor de mi fiesta de cumpleaños es que nunca existió, que aun no fue mi cumpleaños, que nada ocurrió.
miércoles, 27 de abril de 2011
lunes, 25 de abril de 2011
Mala suerte
Se preguntó por qué, ¿por qué tenía tan mala suerte? ¿Por qué si era la protagonista de su vida no podía escribir una historia mejor? ¿Por qué el tiempo se paraba otra vez? ¿Por qué estaba dando un paso atrás? Simplemente, ya no veía razones para nada, porque hiciera lo que hiciera, todo acabaría con un nuevo paso hacia atrás, y después de todo, hacía cierto daño creer que no había error posible y sin querer, errar.
Tan solo era rabia, porque no podía esperar que nadie la salvara, no había héroes, ni tampoco un regreso a casa. Era a casa a donde volvía y se sentía tan sola que arañaba en la garganta.
No tenía fuerzas para luchar, demasiada competencia y tan pocas balas; ahora además, competía contra si misma junto con el resto. Simplemente quería escuchar que tenía algún sentido, pero no podía respirar, su propia vida la ahogaba.
Tan solo era rabia, porque no podía esperar que nadie la salvara, no había héroes, ni tampoco un regreso a casa. Era a casa a donde volvía y se sentía tan sola que arañaba en la garganta.
No tenía fuerzas para luchar, demasiada competencia y tan pocas balas; ahora además, competía contra si misma junto con el resto. Simplemente quería escuchar que tenía algún sentido, pero no podía respirar, su propia vida la ahogaba.
martes, 12 de abril de 2011
Dolor de espalda
Estaba desperdiciando su vida, la había estado desperdiciando durante casi veinte años y de tanto desperdiciar apenas si había quedado un desperdicio.
Siempre viviendo más allá de la propia vida, un paso por delante, soñando sin querer lo que quería y quedándose tan sólo en sueños. Tal vez por eso le costaba tanto confiar, porque no tenía la experiencia de ver ningún sueño cumplido. Soñar significaba romperlo todo y ahora se daba cuenta de que de ese modo, realmente, no tenía nada.
En ese mismo instante, preciso y concreto, no tenía absolutamente nada de lo que quería, si tuviera que morir en ese instante moriría como alguien incompleto y anodino, y terriblemente solo. Moriría como una promesa que jamás se vio cumplida, no tendría nada que la hiciese feliz ni algo por lo que hubiese merecido la pena vivir.
Había jodido su vida, se había equivocado en todo, la había cagado como nadie; era bastante ridículo lamentarse por algo que se había buscado pero, en fin, se lamentaba porque no quedaba más que eso, más que eso y remediar, en cierto modo, todos los fallos anteriores, intentar hacer del resto una vida que mereciese la pena ser vivida; dejar de tomar decisiones erróneas, dejar de preocuparse por nadie, dejarlo todo por un sueño o dos, ser su propio mundo.
Tan fácil de decir como difícil de pensar, los años duelen cuando todos restan en lugar de sumar. Un golpe de suerte es mucho pedir, la suerte se la busca uno pero ella jamás la encontraba.
Y mientras pasaban los minutos, seguía desperdiciando su vida, seguía perdiendo, seguía sin encontrar razones, seguía acumulando fallos, guardando envidia.
Cuando también le doliera la espalda, sabía de sobra que seguiría estando igual, dejaría de dolerle la espalda y habría tenido una vida de las que inspiran lástima al recordar.
Lo único que sacaba en claro de todo era que se trataba de algo tan complicado y profundo, o quizá tan simple y terrible que no sabía expresarlo. Quería su vida y la quería ya, porque viendo lo visto, se daba cuenta de que “ya” es lo único que se vive realmente, el resto puede que no llegue nunca, el resto no es nada, sólo existe el momento, y en ese momento lloraba.
Siempre viviendo más allá de la propia vida, un paso por delante, soñando sin querer lo que quería y quedándose tan sólo en sueños. Tal vez por eso le costaba tanto confiar, porque no tenía la experiencia de ver ningún sueño cumplido. Soñar significaba romperlo todo y ahora se daba cuenta de que de ese modo, realmente, no tenía nada.
En ese mismo instante, preciso y concreto, no tenía absolutamente nada de lo que quería, si tuviera que morir en ese instante moriría como alguien incompleto y anodino, y terriblemente solo. Moriría como una promesa que jamás se vio cumplida, no tendría nada que la hiciese feliz ni algo por lo que hubiese merecido la pena vivir.
Había jodido su vida, se había equivocado en todo, la había cagado como nadie; era bastante ridículo lamentarse por algo que se había buscado pero, en fin, se lamentaba porque no quedaba más que eso, más que eso y remediar, en cierto modo, todos los fallos anteriores, intentar hacer del resto una vida que mereciese la pena ser vivida; dejar de tomar decisiones erróneas, dejar de preocuparse por nadie, dejarlo todo por un sueño o dos, ser su propio mundo.
Tan fácil de decir como difícil de pensar, los años duelen cuando todos restan en lugar de sumar. Un golpe de suerte es mucho pedir, la suerte se la busca uno pero ella jamás la encontraba.
Y mientras pasaban los minutos, seguía desperdiciando su vida, seguía perdiendo, seguía sin encontrar razones, seguía acumulando fallos, guardando envidia.
Cuando también le doliera la espalda, sabía de sobra que seguiría estando igual, dejaría de dolerle la espalda y habría tenido una vida de las que inspiran lástima al recordar.
Lo único que sacaba en claro de todo era que se trataba de algo tan complicado y profundo, o quizá tan simple y terrible que no sabía expresarlo. Quería su vida y la quería ya, porque viendo lo visto, se daba cuenta de que “ya” es lo único que se vive realmente, el resto puede que no llegue nunca, el resto no es nada, sólo existe el momento, y en ese momento lloraba.
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