Se apoyó en sus manos, mientras las horas pasaban y una sonrisa estúpida afloraba en sus labios. Pensaba en lo extraña y anodina al tiempo que puede resultar la existencia, en lo desapercibida que pasa y en lo fascinante que puede llegar a ser simplemente pasar, sin hacer nada especial por el mundo más que verlo, con ojos fascinados; más que ayudar a otros, dejando la piel en ello; más que reír hasta no poder más, que pasear comiendo pistachos, que vivir con calma y sin esperar nada a cambio.
La vida era mucho mejor así, a la sombra de las rutilantes estrellas del escenario, vacilando tras su estela sin destino y sin pasado.
Podía ir con calma por su vida, su simple y llana vida de joven sin nada, sin grandes sueños ni muchas esperanzas. Su mundo siempre sería pequeño, muy a su medida que era pequeña; no iba a viajar lejos y había dejado de soñar con las bahías de los dragones de Asia, o con las montañas nubladas del norte y las carreteras largas, rectas y ardientes de América. Su corazón era dulce y fresco y no cabía nada en él para nadie, ya no había esperanza de esos amores tan de cuento, tan reales, que llaman, que vuelven, que lloran y que esperan bajo la lluvia y que chocan de frente y explotan. Su imagen era clara y normal, y no tenía música en sus movimientos ni colgaría jamás una guitarra de su hombro, ni sería ligera y sutil como esas musas que vagan por las calles, que atrapan miradas, que ellas en sí mismas son arte que se mueve, ondulante, que todos quieren atrapar, que dejan la vista perdida de esos grandes ojos brillantes, de pestañas espesas, perdida en el cielo, en las estelas de los aviones, muy por encima de todo lo común.
Ella era común, y aceptarlo había sido lo más genial que había hecho nunca. Por primera vez no buscaba ser feliz porque sabía que no podría serlo. Simplemente vivía, sin mañana, sin ayer, ni si quiera hoy en su poder.
Vivía sin nada en absoluto por lo que vivir y era tan consciente de ello que en su vida simple y tonta, era feliz; en su ironía de no tener nada, solo canciones que tararear. Así que aprovecharía ese tiempo tan vacío, sabiendo que duraría para siempre y que cuando llegara el momento de marchar, no quedaría de ella ni tan si quiera el recuerdo, el recuerdo de un “alguien” normal, que no hizo nada en especial, que no dejó nada fascinante, que apenas si fue real.
lunes, 27 de septiembre de 2010
lunes, 20 de septiembre de 2010
Clase
Pero seguía permaneciendo en el aire, como las motas de polvo que no escapaban al cañón de luz, esa sensación de haber vivido algo no vivido, de compartir sin ser si quiera una mirada. Volarían recuerdos que nunca iban a atrapar, porque nunca habían sido suyos; eran el fantasma de los tiempos no-pasados que les mostraba que podía haber ocurrido si talvez hubiese habido espacio. Pero en sus pequeños cuerpos no cabía nada más que su orgullo trasnochado y persistente, que su enorme y vaga cobardía, que sus ansias de esperar (siempre presentes) que sus pocas esperanzas en los sueños y su mucho amor a esa realidad tan cómoda y absoluta que ocupaba la mayor parte de sus cuerpos, llenos de promesas. No había quedado amor para entregarse, tal vez nunca habría nada para el otro, sólo ese vago pensamiento sin definición que no escribirían jamás en los apuntes, que apenas rozaría los márgenes de la hoja, en donde tenía cabida ese corazón que a veces se entregaban sin querer. Todo había cambiado, había pasado el tiempo, pero seguían siendo jóvenes y, aún más, seguían siendo ellos
Viaje
Nadando con el viento.
Viajando de costa a costa.
Dejando vidas atrás.
Intensos, vamos viajando.
Rodando películas someras,
de irrisoria tele-realidad;
anodinos entre la gente,
nosotros viajamos sin más.
Viajando de costa a costa.
Dejando vidas atrás.
Intensos, vamos viajando.
Rodando películas someras,
de irrisoria tele-realidad;
anodinos entre la gente,
nosotros viajamos sin más.
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