miércoles, 12 de octubre de 2011

Crossroad


Y aunque ni amaba ni conocía aquella tierra; ¿cómo no verlo? ¿cómo no sentirlo?
La luz de esa luna, de esa inmensa luna en aquel aún más inmenso cielo, plateando sobre los interminables y altos campos de trigo, meciéndose en la noche, en un silencio silbante y oscuro preñado de aventuras, preñado de misterios y de vida, prometiendo de forma muda la maravillosa existencia de los seres absolutos.
Al Este quedaba el ajetreado mundo metropolitano, tan lleno de gente como de rascacielos, repleto de un ecléctico e incesante murmullo, un susurro tenue y expectante... siempre a la espera.
Al Oeste, la larga casi infinita y recta carretera que sube y baja y vuelve a subir y baja de nuevo para morir en las titánicas ciudades de la costa oeste, ese tipo de ciudad que nunca duerme y que ilumina la inmensidad en la nada más árida que pueda haber a orillas del océano Pacífico.
Al Norte, por otra parte, la carretera serpenteaba de una forma distinta, las siluetas de las montañas engullían cualquier luz y la segurida del frío invierno mojaba los pies en el ártico.
En el Sur, los misterios de la garganta mexicana, del calor en los labios y el sol que besa la piel, de selva amazónica y vudú, de olor a ciénaga y la segura paciencia del río Missisipi, con sus aguas turbias y sus barcos de vapor, con su Orleans y sus colores.
Todo podía llegar a sentirse desde aquel cruce de caminos, el mundo entero estaba allí, inmiscuyéndose en cualquier vida. Ningún problema importaba porque no había nada más reconfortante que aquella sensación, la misma que habría tenido cualquier ser humano de encontrarse varado en un cruce perfecto como ese. La sensación de que, por una vez, decidir no era una obligación sino un provilegio secreto y maravilloso. Se percató de que podía cambiar las cosas, de que todo era posible, aún más, de que todo era seguro, todo llegaría y pese a que eran tiempos difíciles, pese a todas las mentiras, a la pantomima diaria, al miedo al nihilismo del futuro... Pese a todo, de pronto, solo tenía fé, fé en ella misma y fé en el resto del mundo, en que cada persona en la tierra encontrara su propio "cruce de caminos" y tuviera la misma revelación reaccionaria que tenía ella en esos momentos, tan simple que asustaba y tan real...

Si todos se dieran cuenta, sólo se necesitarían tres días para cambiar el mundo: uno para creer, otro para luchar y el último para vencer.

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