Volvimos sin volver, como despertando de un sueño, ni demasiado bueno ni demasiado malo, solo algo distinto que pareció vivido al menos un tiempo.
Regresaré a aquel lugar. En el fondo, creo que lo echaba de menos, creo que nunca estuve del todo preparada para salir; por eso volver no me da tanto miedo. Este tipo de soldad tan familiar ya no me asusta tanto como antes, tal vez sea la costumbre de haber vivido siempre aquí. Volveré a mi viejo rincón, subiendo y bajando el telón, tras las luces, tras el rock; admiraré la vida de nuevo, intentando olvidar que por un momento creí vivirla también.
Y tu volverás a tu rol, de extraño seductor; buscando amor entre las nubes y se que lo encontrarás, eres el tipo de persona que me puedo imaginar siendo feliz. Es difícil no quererte, no verte entre una multitud, podría reconocerte en cualquier parte. Es fácil imaginarte de la mano de un modo despreocupado y natural, rodeando hombros con el brazo, dejando escapar un sutil “te quiero” con una intensa mirada de esos ojos castaños. Es fácil verte rodeado de gente que jamás te va a fallar, que nunca te va a mentir que jamás te dejarán caer aunque tengan que morir por ti. Eres el tipo de persona que posee esa rara cualidad magnética que es capaz de hacerte protagonista de la más maravillosa historia de la vida.
Eres ese chico que siempre tropieza accidentalmente con la suerte, al que parece que nada puede salir mal.
Pero yo soy solo yo, con mi mala suerte y mi torpeza, con inexistente belleza, con mi embotamiento normal, con mi pelo sin lustre, con mi cuerpo enfermizo y mis ojos encontrados. Yo tengo esa cualidad que consigue volver ajada al instante la prenda más nueva. Tengo la infalible capacidad para volver una sonrisa, en mi rostro, en una mueca casi grotesca. Fue estúpido por mi parte pensar que yo podía dejar de ser yo para ser algo normal, pero cabe esperar estupideces de los estúpidos, así que en el fondo me lo esperaba. Fue una dulce trampa que ahora clava sus dientes cada vez con más fuerza. En fin, que decir, merezco el dolor, el dolor terminará y sólo quedará el eco y tras el eco, no habrá nada más que el ruido de las cuerdas al deslizarse entre poleas.
Al menos queda la penumbra, que cubre tus ojos al cruzarnos, para que no veas más que una sombra difusa y renqueante, para que no oigas más que mi voz tomada y discorde saludando sin esperar respuesta. Me queda el consuelo de que no importa lo que haga, o lo que deje de hacer, a nadie le va a importar y aun mucho menos a ti.
Como ya he dicho, hemos vuelto a nuestro justo lugar, el mundo nos puso en el sitio que nos correspondía. Corre chico, llegas tarde a la función y tú tienes el papel principal. Te miro desde el rincón, ya me has olvidado, y sonrió. Es el curso natural de las cosas y si yo no fui nadie para formar parte en él, aún menos lo soy para intentar oponerme a su dictado.
En el fondo no está mal, es cuestión de acostumbrarse, al final terminas por confundir la angustia y la ansiedad con un dolor de garganta, las lágrimas con el humo de tabaco y el frío de no tener a nadie con el calor tibio de una manta y un sofá horas y horas ante un televisor que adormezca el cerebro durante el mayor tiempo posible. La cuestión, todos los días, es retrasar ese momento en que la oscuridad se cierne justo antes de que lo haga el sueño y un pensamiento, como una saeta, me atraviesa. “¿Y no será un error que yo esté aquí?”
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