Era débil, supongo que era demasiado débil, dependía tanto de la gente que a veces tenía la impresión de carecer de sueños propios y de ideas propias, porque yo les necesitaba y todas las noches me dormía acunada por el miedo perderles y me despertaba por las mañanas temiendo haberlos perdido. Y en realidad, todo se debía a que no cesaba de buscar la lógica de las cosas y normalmente era capaz de encontrarla en todo aquello que me rodeaba o quizá de abstraerme tanto en alguna estúpida obsesión como para poder olvidarme de ello. Pero es que no encontraba lógica en que quisieran estar conmigo, en que quisieran hablarme cada día, en que desearan responder a mis preguntas o prestar oído a mis consejos, o salir conmigo por la calle o hacer ese tipo de cosas que se presuponen; y tampoco lograba olvidarlo porque no existía un sueño lo bastante fuerte y obsesivo como para sobreponerse a mi deseo de encontrarle lógica a aquel gran dilema. Después de todo, los estudios no eran más que una continuación mediocre de los deseos de mis padres, no se me daba bien la música y fingía ser lista cuando en realidad era una verdadera ignorante.
La cuestión es que para mí no tenía lógica ninguna porque yo no era nada especial, no tenía nada que ofrecer, nada en absoluto y ellos brillaban, sus vidas conseguían deslumbrarme, la estela de suerte que bailaba tras ellos de puntillas, para que no lograran verla… Y yo simplemente vacilaba tras ellos, como si fuera una versión más menuda y femenina de Jack Kerouac, algo más atormentada, algo más perdida que él, yo les seguía a duras penas, cegada por su luz, ensordecida por su canto, quería ser como ellos, quería estar con ellos, y me perdía, y no dejaba de perderme, y no dejaba de necesitarles y no podía hacerme fuerte y no podía dejar de temer perderles…
Supongo que eso era yo, y eso era lo que yo hacía; confundirme entre sus vidas, para así sentirme viva.
Les necesitaba mucho más de lo que jamás podría llegar a explicar con palabras. Para mí eran auténticos gigantes dentro del mundo común de mi existencia, que llegaban como Prometeo a ofrecer fuego a los hombres, y así habían iluminado mi vida. Y sabía que la única lógica era que al final terminaran por marcharse detrás de los suyos, ¿Cuánto tiempo más podría retenerlos a mi lado? No mucho, había cientos de personas mucho más interesantes, mucho más inteligentes, divertidas y brillantes que yo en el mundo y también en nuestra ciudad y se marcharían tras ellos, bailando y rutilando como habían llegado a mí, y yo me sumiría en una soledad estúpida y horrible y no habría forma de volver el tiempo atrás.
Lo único que me restaba era buscar una lógica a su interés por mí y al cariño que recibía por su parte, porque si encontraba lógica tal vez pudiera retenerlos al menos un poco más, tal vez pudiera acostarme sin ese conocido nudo en la garganta que crea el miedo a perder lo que da sentido a nuestras vidas, que duele y que crece y que palpita en este mismo instante en que intento explicar algo tan aterrador que creo que nunca podré hablar de ello con claridad.
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