A veces soñaba –soñaba entonces- con tener una vida absolutamente diferente, cambiarlo todo por completo empezando por haber plantado cara a su profesor con cinco años para defender sus bonitas “eles” de niña pequeña y terminando por sabe Dios que.
Sin embargo, eso ocurría muy, muy pocas veces. Curiosamente, lo que más solía soñar era con no tener miedo, porque estaba segura de que le podrían ocurrir cosas extraordinarias si dejara por un instante de tenerlo.
Pero era imposible porque, aunque se jactaba de tener valor para determinadas cosas, lo cierto es que vivía aterrorizada la mayor parte del tiempo.
De no estar tan asustada –pensaba- podría haberse largado hacía ya bastante y no temer tanto saber que, de largarse, perdería lo más similar a una familia que había conocido jamás, no podría volver nunca y si todo salía mal se quedaría mucho más sola, más desamparada y más triste que al principio.
Si fuera valiente, o aun mejor, osada; no necesitaría a nadie a su alrededor y dejaría de dolerle tanto saber que no había una mullida red de seguridad sobre la que caer al tropezar, que no había nadie a las doce ni tampoco nadie a las seis. Podría confiar en la gente, porque lo que más temía de la confianza era perderla, y sin ese temor sería capaz de cualquier cosa; pero su frágil corazón no habría podido soportar confiar en alguien para después perderlo, demasiado insoportable y terrible.
Tampoco se permitía, debido a ese miedo lacerante, soñar con el futuro que en realidad quería y mucho menos soñar con incluir en él a la gente a la que quería, porque temía soñar y soñar para no cumplir nada, temía incluso pensar en ellos y perderlos después. Temía. Temía. Temía… Nunca dejaba de temer.
Le entristecía percatarse de que había aprendido a convivir con el miedo, de que era él su único apoyo, era su familia, su confidente, su gran amigo, hablaba tanto con él por las noches que no podía dormir y detestaba compartirlo. El miedo era todo lo que le había dado la vida tras casi veinte años, todo cuanto tenía, y aunque siempre soñaba con perderlo de vista en realidad no estaba tan mal, después de todo, le había enseñado a ser precavida y le había ahorrado grandes golpes.
Sabía que aun quedaban algunos años para que se hiciera tan, tan grande que ya no le cabría dentro, y mientras esperaba por ello se dedicaba a soñar con perderlo y, ¿cómo no? A seguir teniendo miedo.
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