Al menos le quedaba escribir, era un extraño consuelo para una persona extraña. Pero era suficiente. Tan sólo con el papel en blanco, con la Olivetti del 98, bastaba para seguir, bastaba para soportar.
Las personas mienten, engañan, tergiversan, maldicen… la vida se hundía, pero volvía a reconstruirse con rapidez tan solo con teclearlo. Y todo parecía mejor cuando sonaba la música armoniosa de las teclas, y cuando sus dedos golpeaban el metal era como si se diera leves golpecitos al corazón, para ayudarlo a seguir latiendo o quizás en la garganta para empujar ese nudo que la iba bloqueando más y más.
Mientras quedara papel, quedarían historias que escribir, mientras quedaran historias que escribir, quedaría esperanza.
Sinceramente, todo se estaba yendo a la mierda, y aunque solía considerarse una persona reservada, solitaria y bastante independiente; jamás había sentido una soledad como la de entonces, una soledad tan vacía y tan oscura, realmente ya no quedaba nadie, esta vez si que no quedaba nadie. ¿Familia? Mismamente era su familia la que había empezado con aquello, ellos habían sido los primeros en largarse, ¿Amigos? No, se intentaba aferrar a ellos especialmente pero no podía dejar de darse cuenta, no sin cierta tristeza, de que existían tan sólo en las historias de fin de semana, de que eran lo que siempre había querido ser, gente con un suelo sólido bajo sus pies, gente que anda segura por el mundo.
Tenía la impresión de que era como un marinero prejubilado, que camina por la tierra añorando el mar, su tranquilidad, su seguridad, su franqueza y para el que la tierra firme es territorio hostil. Todo lo que le rodeaba era un territorio hostil al que tendría que enfrentarse durante el resto de su vida pero al menos, le quedaría escribir.
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