Entendió que no hacían falta más preguntas, que no era necesario horadar más la montaña, había un respuesta sincera y oscura, por supuesto, pero ya no le abrasada por dentro la ansiedad de encontrarla.
Era un nuevo sentimiento de calma, ¿confianza? No, desde luego no podía llamarlo confianza, porque aun le resultaba demasiado complicado confiar en lo que sabía que no era cierto, no estaba lista para apostar por una fé tan ciega y probablemente jamás lo estaría.
Pero por ahora, y sin tener ningún solo precedente de ello, pese a saber que no había sinceridad en sus palabras, que tras la mentira se encontraba una verdad oscura y bastante fácil de imaginar... Se conformaba, y no al modo resignado en que se conforman los sumisos; sino al modo de los fuertes.
¿No tenía fé ciega en él? Pues bien, si era capaz de tener fé ciega en sí misma, en lo que era capaz de sentir, en lo que era capaz de controlar y no en los sentimientos que podía provocar en él.
¿Se podía considerar amor si había un zona oscura y siniestra que le estaba vedada? Empezaba a entender que si, empezaba a entender que la fidelidad y la lealtad eran cosas completamente distintas y que ya no tenía miedo de decidir, con todas sus consecuencias, que prefería sin duda alguna la lealtad. Claro que la fidelidad es un de los principios básicos para la constitución del amor moral, a cualquiera le habría parecido una abominación lo contrario... A ella ya no, y no le importaba aceptarlo porque, sencillamente, ya no era importante, había llegado a un punto en su amor por él que no le parecía un detalle tan sumamente relevante como en el pasado. Ahora era eso, tan solo un pequeño detalle.
Había mentido, si tenía fé ciega, una fé absoluta y casi dogmática en que él le era completamente leal.
Por eso no le importaba la mentira, ni tenía ansiedad por indagar más.
Algún día, cuando él hiciera ese pequeño gran descubrimiento que ella había hecho o cuando comprendiera que ella ya estaba lista para él, se lo diría y no de una forma grave y reveladora, sino que fluiría simplemente entre como el agua que que lima sin pretenderlo los guijarros del río.
No tenía ninguna prisa en que sucediera, si llegaba ese momento, sería en el momento adecuado.
Podía esperar, podía esperar por siempre y podía asegurar que siempre le sería fiel puesto que la fidelidad depende de las necesidades y ella no tenía esa necesidad ni tampoco le era necesario hacer algún esfuerzo por controlarla.
Pero lo más importante: podía esperar, no por su propia lealtad que era incuestionable, sino porque estaba completamente segura de que él siempre le sería leal a ella.
Paró por un instante el flujo de sus pensamientos y se percató de que era una de las más grandes y sinceras declaraciones de amor que había hecho nunca.
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