Aquellas calles seguían igual, lo sabía y sin embargo, no eran las mimas, habían perdido algo en los meses en las que no había podido recorrerlas. El tráfico seguía tan ruidoso pero en un tono distinto, como si ya no tuviera notas nuevas que recordarle o como si fuera a permanecer así toda la vida. El hecho mismo de que toda la ciudad permaneciese tal y como la había dejado era el seno del cambio completo que había dado todo. Aunque en realidad, la que había cambiado era ella.
Se dirigía a su encuentro, se suponía que tenía que estar ansiosa, feliz, que todo lo que había vivido en aquel tiempo no había sido más que penalidades y que por fin estaba en su ansiada meta, todo debería brillar y ser luminoso y sonreírle y ser perfecto; y de hecho era perfecto. Pero es que en su interior, ella ya no quería ser tan perfecta, aquella vida que ahora iba a recuperar ya le había dado todo lo que podía darle, le había dado la razón para echarse a la carretera y emprender el viaje más loco y trepidante de su vida. Se había equivocado al esperar que tuviera algo más aguardando.
Y de pronto le vio, allí esperándola, con una sonrisa, y se quedó muy quieta porque de todo lo que había esperado sentir, emoción, amor, felicidad… no sentía nada, sólo que había cometido el error más grande de su vida al regresar como si de verdad tuviese que hacerlo y esa fuera la meta. Había cometido un gran error al decir adiós a aquel chico algo atolondrado, algo distraído, sonriente y tranquilo que la suerte había pusto en su camino aquel día, la tarde en que le había dicho adiós había sido la más equivocada de su vida. Porque el chico que ahora la esperaba de regreso era el pasado, el motivo por el que viajar y ya no tenía nada nuevo que ofrecerle, el otro era su futuro y si conseguía llegar a tiempo, antes de que fuese tarde, también sería su presente, así que se dio media vuelta, comprendiendo todo de pronto y echo a correr con todas sus fuerzas, no podía llegar tarde.
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