Y me di cuenta en ese preciso momento, en ese preciso instante, de que yo no estaba enamorada de ninguna persona, de nadie en concreto, de ningún nombre, de ningún rostro, de ninguna mirada, de ninguna sonrisa… Yo amaba la dulce, rutilante, absoluta, eterna y cadenciosa fluencia del amor, que no se puede atrapar, ni contener, ni terminar ni comenzar; que nunca llora, ni sufre sino que vive, vive como el mundo, desde el mundo hasta nosotros y se roza con el aire. Y no tiene fechas, ni lugares ni momentos, porque es un momento que nunca se acaba y cambia sin cesar, porque es algo que se susurra, desde unos ojos al cruzarse, unas palabras en un bar, hasta la armonía silenciosa de un beso y la impetuosidad irresistible de dos cuerpos al chocar.
Amaba al amor, fuera cal fuese rostro, sin barreras y sin miedos, sin limitaciones; aunque nadie pudiera entenderlo jamás ni compartirlo y aunque pueda doler en ocasiones y hacer arder la rabia en sus ojos al ver como el amor dejaba de tener su rostro. No podía evitar lo que sentía por él, no podía enmarcarlo para siempre, enjaularlo y condenarlo a una vida siempre igual. El amor solo es hermoso en la medida en que puede ser libre, es un pájaro que deja de cantar si no vuela, se marchita si lo arrancas y lo guardas en un libro y pierde su suave y dulce olor a vida.
Pero para seguir amando al amor como lo amaba, yo debía de cambiar y ahora que por fin me había percatado de todo, que se habían abierto mis ojos al mundo y se habían armonizado finalmente con su luz, tenía la capacidad y la fuerza y sobre todo esa convicción inquebrantable tan necesarias para conseguirlo.
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