Perdí, ese es el resumen final, mi brillante conclusión. Perdí aunque el juego lo hubiese inventado yo.
Ganaste sin despeinarte, siempre perfecto, siempre muy lejos de mi alcance. Pensaba que estaba lista, pensaba que caerías y yo sonreiría sin corazón, que te besaría sin alma. Pero ese corazón no estaba listo, me jugó una mala pasada, maldito error de cálculo, y se rompió aquel corazón tan cálido y me quedé sin besos y con un alma asustada.
Tú siempre jugaste a otro nivel muy superior, yo siempre fui novata en aquello de engañar, pensaba que había aprendido de ti lo bastante como para crear un juego ya inventado. Y cuando me percaté de que ni si quiera yo misma me pertenecía ya, que no me había ganado dos corazones sino que había perdido uno, el más importante, no me retiré ni me alejé, no admití mi error, en cambio aposté todo, puse en juego lo que no tenía. El resultado fue mi alma embargada, y una hipoteca de por vida que ahora me rompe la ilusión en pedazos tan pequeños que ni si quiera puedo verlos. Ganaste en la apuesta y no lo sabes, estás tan acostumbrado a ganar que note fijarás en mí entre tantas. Creo que nunca volveré a jugar, me has enseñado lo único que te quedaba por enseñarme y es que por mucha teoría que sea capaz de aprender soy demasiado débil, idiota y tal vez ingenua como para tener esa frivolidad y esos nervios de acero, tan tuyos, que te aseguran, sin error de margen alguno, vencer. Ojala me quedara algo para mío para mí, pero estoy tan hueca, llegaste, mentiste y te largaste como un ladrón cualquiera; así que solo me queda un cuerpo vacío, que ofrecer a nadie en particular. Total, seguramente ni si quiera será mío, total, seguramente jamás volveré a tener nada mío.
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