Los pies mojados, la mirada perdida. Cada vez más pequeña, un poco encogida.
Huele a hierba de madrugada, a frío de primavera, un poco a decepción, asfalto húmedo, a tierra esponjosa, a tiempo perdido, a sangre muy fría, a tabaco, a cerveza agria y un poco a pasado, y un poco a futuro.
El silencio es penetrable, pero no la deja hablar, se oyen los pájaros a lo lejos, algún taxi algo más cerca, los ruidos mucho más allá, los ruidos de la ciudad, el rumor de un beso, el estruendo de un llanto, de algo que cae, que se rompe; que pisan la andar, de un rincón a otro del bar; el ruido de su mundo entero al temblar.
Tiembla sí, tiembla de miedo, tirita de frío, pero no quiere entrar, solo quiere sentarse a esperar, desde su jardín, desde donde se ve todo y nada a un mismo tiempo, las luces de esa maqueta que algunos llaman Oviedo, un poco azoradas por el tenue resplandor del sol al romper el cielo.
Y no quiere que pase el tiempo, de eso es de lo que se percata, mientras llora sin querer, porque no tiene sentido. Quiere que todo se detenga en este momento de paz real, sin pensar en nada, sin que exista el pasado, sin que haya futuro, sin que llegue mañana. Quiere ser nube, ligere, vaporosa, que se deshaga con el viento en mil jirones de bruma, quiere empapar todo, pero solo empapa sus brazos. Y se siente cada vez más pequeña, ahora que solo ve estrellas demasiado altas, entre las que vuelan sueños demasiado altos, vagando, entrechocado, ignorándola por completo.
Disimulando el asco, demostrando nauseas, abrazando monigotes, viendo la catedral, esta vez desde la perspectiva de la fuente, no desde la calidez de un banco. Esta vez no ayuda a desconocidos mientras alguien le mete mano. Esta vez llora en el hombro de sus amigos, ya no hay fuerzas para fingir, ya nada y todo, a un mismo tiempo da igual. Es como si tan solo quedara sufrir.
No es su culpa y ella lo sabe, después de todo no había mucho más que esperar pero la decepción es tan fuerte, tan intensa, se siente tonta al darse cuenta de que él es como los demás de que es como el anterior, y ella siempre, siempre igual de idiota esperando un poco más, algo distinto. Pero no hay nada distinto en esa ciudad, que desde su casa parece pequeña, abarcable, acogedora. Desde la plaza de la catedral inconmensurable, desde la plaza del Sol inabarcable y desde los bares, le oprime el corazón.
Porque solo es una niña, porque tiene corazón, que no se puede romper por completo, pero que esta herido y que sangra, sangre fresca de dolor muy joven, un dolor muy manido, una historia que se vuelve a repetir. Se repetirá eternamente rompiendo su fe cada día un poco más, helándola de la cabeza a los pies, hasta que un día, un magnífico día, ella aprenda a dañar y dejar su corazón en casa para que arda la ciudad cada vez que salga, a olvidar su alma en su habitación donde nadie la pueda ver. Quiere ser como los demás y que nada duela tanto como esta noche de sábado que no consigue olvidar. Solo siente una cosa, mientras fuma tabaco frío, que ahora ya no sabe como querer, si tiene miedo de amar, pánico de volver a recorrer las calles de la ciudad. Quiere ver Oviedo sin ojos, porque siempre va a ser igual.
¿Salvarla? Ya la dejaron morir, desangrándose en la acera, gente pasa y ella muere, y nadie repara, y después de esto, de Lucía, apenas quedará ya nada.
No hay comentarios:
Publicar un comentario