Sacó fuerzas de donde ya no quedaban porque aún no, pero llegaría el día. Llegaría el día en que el mundo quedara tras una puerta cerrada, llegaría el día en que pudiera entrar y llorar y fumar como una loca y arrojarse en la cama y estar sola y no temer que el mundo mismo la abordase en cualquier momento.
Llegaría el día en que no tuviese que ir en contra de su naturaleza, en que no tuviera que rendirle cuentas a nadie, en que todo quedara tras esa puerta.
Llegaría el día en que no tuviese que aferrarse a todo aquello que le sobraba, en que no tuviese que explicar nada, que necesitar a nadie, que tuviese por fin una vida en blanco que escribir y estuviera sola, sin sentirse abandonada.
Llegaría el día en no echaría nada de menos ni a nadie, en que no tuviese nada más que lo exclusivo y necesario, y la llamada de rigor, y el calor de una comida y el placer de una familia que poco a poco había ido haciendo suya.
Y mientras llegada, tenía que luchar, que aparentar, que fingir y alguna vez desbordarse sin poder decir que era porque necesitaba algo para seguir cuando para su naturaleza era intrínseco e incuestionable la capacidad de sobrevivir sin necesitar nada.
Pero llegaría el día en pudiera dar las gracias, cerrara la puerta y estuviera, tras veinte años, por fin en casa.
Llegaría, y según iban sucediéndose los acontecimientos, llegaría mucho antes de lo que esperaba.
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