Cuando se quiso dar cuenta ya era tarde, ya estaba demasiado perdida, demasiado absorta. Sólo escuchaba canciones que jamás habría querido escuchar, porque sabía nadie las pensaba cuando pensaba en ella, sabía que les habían separado sin conocerse; a ella y a quien quiera que fuese que cantaba.
No había forma de regresar al principio porque, después de todo, ¿cuándo había empezado aquello? ¿Cuándo había comenzado a perderse en sí misma? Ahora no quedaban más que la certeza y el veneno. Ambas cosas demasiado dispares y, a pesar de ello, indisolublemente unidas. La fragilidad y la fuerza. El miedo y la osadía.
Apenas reunía fuerzas para pensar, sólo algunas noches… Y la tristeza invadía todos sus pensamientos como el agua colándose entre los resquicios de una presa a medio derruir. Nadie la echaba de menos, lo notaba. No era encantadora para nadie. No era el mundo de ninguna persona, y habría dado lo que fuera por ser; por ser para él, fuera quien fuese ese “él” aun por definir, lo mismo que “él”, encarnado en el amor en toda su extensión, significaba para ella.
Y aunque lo deseara con todas sus fuerzas, le parecía imposible, casi ridículo, era algo que no existía, lo sabía porque, a pesar de su juventud y de su inexperiencia, había buscado el amor por todos los recovecos de cuanto había a su alcance, y tan solo había encontrado heridas. Cada vez más profundas, cada vez más infecciosas. Habían roto su dulzura, su luz y su ambición, y no quedaba nada más que la coraza hueca de la ironía y de una inteligencia falsa y desordenada.
Estaba lo suficientemente herida como para saber que no debía volver a intentarlo.
Por eso se entristecía por las noches, noches de soledad como aquella, porque después de todo, de tanto daño soportado, no había encontrado absolutamente nada, se había convertido en algo que jamás había querido ser y, ¿para que? Para nada en absoluto, para ver como sus sueños se desvanecían entre los vapores del alcohol y el humo ensortijado del tabaco. Quedaba tan sólo un atisbo de luz, pero no era lo bastante grande como para tomarlo a consideración, porque ella sabía que terminaría por apagarse, un día u otro, la decepción aniquilaría aquel pequeño punto de esperanza que emanaba de esa sonrisa de niño travieso, de esos ojos claros, de esa risa diáfana, de esas manos grandes… Sería otra herida más que acabaría destrozándola sin que hubiese nada que pudiese hacer al respecto, más que tener la certeza de ello, más que esperarlo con dócil resignación. Respiró hondo, notando el mundo más cerca de pronto, aquello debía de ser lo que sentían los condenados al dirigirse hacia el patíbulo. Ella era una condenada más, su sentencia estaba próxima y tan solo restaba esperar.
No había forma de regresar al principio porque, después de todo, ¿cuándo había empezado aquello? ¿Cuándo había comenzado a perderse en sí misma? Ahora no quedaban más que la certeza y el veneno. Ambas cosas demasiado dispares y, a pesar de ello, indisolublemente unidas. La fragilidad y la fuerza. El miedo y la osadía.
Apenas reunía fuerzas para pensar, sólo algunas noches… Y la tristeza invadía todos sus pensamientos como el agua colándose entre los resquicios de una presa a medio derruir. Nadie la echaba de menos, lo notaba. No era encantadora para nadie. No era el mundo de ninguna persona, y habría dado lo que fuera por ser; por ser para él, fuera quien fuese ese “él” aun por definir, lo mismo que “él”, encarnado en el amor en toda su extensión, significaba para ella.
Y aunque lo deseara con todas sus fuerzas, le parecía imposible, casi ridículo, era algo que no existía, lo sabía porque, a pesar de su juventud y de su inexperiencia, había buscado el amor por todos los recovecos de cuanto había a su alcance, y tan solo había encontrado heridas. Cada vez más profundas, cada vez más infecciosas. Habían roto su dulzura, su luz y su ambición, y no quedaba nada más que la coraza hueca de la ironía y de una inteligencia falsa y desordenada.
Estaba lo suficientemente herida como para saber que no debía volver a intentarlo.
Por eso se entristecía por las noches, noches de soledad como aquella, porque después de todo, de tanto daño soportado, no había encontrado absolutamente nada, se había convertido en algo que jamás había querido ser y, ¿para que? Para nada en absoluto, para ver como sus sueños se desvanecían entre los vapores del alcohol y el humo ensortijado del tabaco. Quedaba tan sólo un atisbo de luz, pero no era lo bastante grande como para tomarlo a consideración, porque ella sabía que terminaría por apagarse, un día u otro, la decepción aniquilaría aquel pequeño punto de esperanza que emanaba de esa sonrisa de niño travieso, de esos ojos claros, de esa risa diáfana, de esas manos grandes… Sería otra herida más que acabaría destrozándola sin que hubiese nada que pudiese hacer al respecto, más que tener la certeza de ello, más que esperarlo con dócil resignación. Respiró hondo, notando el mundo más cerca de pronto, aquello debía de ser lo que sentían los condenados al dirigirse hacia el patíbulo. Ella era una condenada más, su sentencia estaba próxima y tan solo restaba esperar.
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