Parecía que el tiempo era diferente, que se había detenido, que había vuelto atrás, a una época distinta o tal vez a una época que jamás había existido, pero ambos lo notaban. Mientras ella bajaba hacia la plaza buscándole con la mirada, él esperaba verla aparecer en algún instante calle abajo, con los ojos inquietos al pensar que tal vez nunca fuera a aparecer.
El suyo era un amor extraño, diferente e incomprensible, como todos los amores, único.
No sabían sus nombres, ni si quiera su edad, lo que hacían durante la semana, las películas que veían, la música que escuchaban, de hecho ni si quiera sabían como era el sonido de su voz y sin embargo todo parecía dejar de importar cuando sus ojos ansiosos chocaban, de un extremo a otro de la plaza, estableciendo una conexión irrompible e íntima entre ambos.
Y se miraban hasta que sus amigos los arrancaban de aquel instante por entero suyo y la noche proseguía y el tiempo volvía a fluir.
Sabían que podrían acercarse el uno al otro, saludarse con sonrisas diferentes, presentarse y tal vez intercambiar un beso o dos pero la magia se rompería entonces y la ilusión llegaría a su fin. Era tal el miedo que les producía a ambos romper ese sueño maravilloso, que no les permitía dar un paso al frente y terminar con aquella emoción incandescente que les embargaba cada noche y les impulsaba a salir de casa y a vivir como debía vivir cualquier mortal, como si cada día fuese su último día en el mundo y mañana todo pudiese cambiar.
Ella era consciente de lo que ocurriría. Había pasado toda su existencia persiguiendo sueños con el ahínco suficiente como para verlos cumplidos y sabía que un sueño al cumplirse desaparecía y perder un sueño era como perder parte de su vida; necesitaba algo que perseguir con la fútil esperanza de conseguirlo, pero sin lograrlo nunca porque, ¿Qué tendría entonces? ¿De que servía un sueño cumplido? Eran noches como aquella las que le recordaban que los sueños no estaban hechos para cumplirse, sino para ser soñados. Un sueño convertido en realidad no servía de nada, podía ser una decepción, podía ser lo esperado pero nunca podría volver a ser la emoción infantil de los sueños.
En cuanto a él, pensaba exactamente lo mismo y además, tenía miedo, porque ella le había visto en ocasiones con otras, porque le aterrorizaba pensar que ella solo quisiera ser una más, un beso más, de una noche cualquiera, porque la necesitaba tanto como respirar, necesitaba creer que era diferente al resto, que era tan única como solía imaginarla siempre hasta el momento en que sus ojos se cruzaban y dejaba de pensar por ese eterno instante. Quería creer que era distinta y le aterrorizaba que pudiera ser igual, porque no podría amarla entonces y sin amor, la vida parecía carecer de sentido, parecía pasar demasiado inadvertida; él necesitaba un amor real y único.
Y solo seguiría siendo único mientras quedase reducido a aquellas miradas, mientras no fuera pronunciado en voz alta y no quedara corrompido por el mundo de lo aparente, aquel amor necesitaba seguir siendo una idea para poder ser absolutamente perfecto. Y ellos lo seguirían pensando, se seguirían buscando para siempre en la Plaza del Sol o en los antros a los que solían acudir, mantendrían la vista alerta por si el otro aparecía de improviso, la sonrisa presta de complicidad absoluta preparada para regalarla solo a su verdadero amante.
Se querían, era indudable, y para el resto de la gente que caía en la cuenta de esos dos pares de ojos clavados certeramente el uno en el otro, ambos estaban echando sus vidas a perder, manteniéndolas en suspenso por una mirada en lugar de estar juntos por el tiempo que estuvieran; y eso era precisamente lo que a ambos les hacía especiales, inconfundibles, y lo que hacía que se amaran. Tenían todas las perfecciones en su idea mantenida en otro mundo, tenían la perfección de la inmortalidad, de la belleza y del bien, solo por soñar con algo diferente que no fuera material ni físico. Solo con aquella sonrisa sabían que se tenían el uno al otro, porque solo por aquella sonrisa, daba igual que todo fuera real o imaginado, porque cada uno amaba por los dos en todo momento, porque daba igual que fueran jóvenes, porque se iban a querer toda la vida, sin ni si quiera saber sus nombres.
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