Era una de esas tardes de decisiones poco trascendentales, anodinas, soleadas y ventosas, cargadas de sirocco y de un ambiente extraño, donde el bar queda tan cercano como la estación del tren, donde se es tan liviano que el propio viento te puede llevar hasta el lugar de siempre o a lugares lejanos y nunca vistos.
Y ella seguía caminando, con esa sensación de estar perdiéndose su propia vida y no tener la capacidad para encontrarla.
Y ella seguía caminando, sin querer o tal vez queriendo. Era un tiempo extraño para una persona extraña, cientos de cambios pero ninguna decisión al respecto, realmente, ya no bastaba solo con pensar y pensar, y calcular y razonar. De pronto, en un instante, había llegado el momento de decidir. Era la hora, todas las cartas estaban a favor, no podía retrasar el instante simplemente por el miedo de no tener los ases bajo la manga.
Quizás por eso siguió caminando; podían más las ganas de vivir que todo el miedo y todas las dudas. No sabía si estaba haciendo bien o mal, pero notaba en los huesos que había llegado el momento de vivir, de madurar, de exteriorizar el cambio o tal vez de interiorizarlo por completo. Y no tenía nada que explicar a nadie, no hacía falta contarlo. Al final era lo único cierto que había sacado en claro, estaba absolutamente sola y ya no era necesario fingir lo contrario. Era una soledad tranquila y dulce, como la de los cementerios.
Por fin había se dado cuenta, no iba a contar nada más, y seguía caminando.
Y ella seguía caminando, con esa sensación de estar perdiéndose su propia vida y no tener la capacidad para encontrarla.
Y ella seguía caminando, sin querer o tal vez queriendo. Era un tiempo extraño para una persona extraña, cientos de cambios pero ninguna decisión al respecto, realmente, ya no bastaba solo con pensar y pensar, y calcular y razonar. De pronto, en un instante, había llegado el momento de decidir. Era la hora, todas las cartas estaban a favor, no podía retrasar el instante simplemente por el miedo de no tener los ases bajo la manga.
Quizás por eso siguió caminando; podían más las ganas de vivir que todo el miedo y todas las dudas. No sabía si estaba haciendo bien o mal, pero notaba en los huesos que había llegado el momento de vivir, de madurar, de exteriorizar el cambio o tal vez de interiorizarlo por completo. Y no tenía nada que explicar a nadie, no hacía falta contarlo. Al final era lo único cierto que había sacado en claro, estaba absolutamente sola y ya no era necesario fingir lo contrario. Era una soledad tranquila y dulce, como la de los cementerios.
Por fin había se dado cuenta, no iba a contar nada más, y seguía caminando.
Mírame, soy feliz, tu juego me ha dejado así.
Engañar, seducir, ponerme
guapa para ti.
No sé dónde quedó el rumor que nos vió nacer,pagó la jaula al domador...
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