- Podrías venir conmigo.
Vio su reflejo en aquellos ojos grandes y castaños. Vio su propio rostro pálido, nervioso y asustado y supo, de alguna forma, que aquel era el principio y el final de todo.
No iba a esperar mucho más y había tantas cosas que daban miedo en aquel momento… Daba miedo el futuro, daba miedo perderlo todo y daba miedo confiar y pensar que podía vencer para después percatarse de la inevitable derrota.
Pero en el fondo sabía, que solo tenía que repetirlo para que lo dejara todo atrás. Sólo quería ser feliz, una felicidad egocéntrica y completa, venenosa y absoluta, tan frágil como su piel demacrada, tan intensa que daba aun más miedo que dejar el mundo atrás.
Y solo tenía que repetirlo una vez más porque muy a su pesar, habría sido capaz de perderlo todo, todo menos aquellos ojos castaños. Y era infantil y ridículo pero era demasiado cierto como poder negarlo. En algún momento había perdido el control de todo lo que le rodeaba y de todo lo que sentía, se había ido desbordando poco a poco, sin darse cuenta. Ahora sólo quedaba el miedo. No era capaz de imaginarse una vida sin aquellos ojos, no era capaz de dar una respuesta ni de seguir adelante, el tiempo pasaba muy lentamente y sabía que estaba perdiendo; ya no era suficiente con suplicar un “te quiero”. Tenía miedo porque no sabía lo que era pero algo había cambiado y aun seguía viendo aquellos ojos castaños.
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