Era la última noche, lo sabía, de algún modo (tal vez de algún paranoico modo) lo sabía. Quizá porque aguzaba el oído hasta escuchar el estruendo inexorable de la artillería americana, quizá porque ya no encontraba fuerzas para seguir y hasta él mismo necesitaba un final, fuera cual fuera este. Pero aquella era la última noche y esa era la única certeza que había tenido en mucho tiempo.
Y como estaba tan obstinadamente seguro, como tenía tanto miedo y como sabía que no sólo era la última noche de aquel tiempo, sino la última noche de su vida, la dedicó tan solo a si mismo y a imaginar el momento más feliz de toda su existencia.
Total, ya no tenía sentido negárselo por más tiempo ni preocuparse de nada más, no volvería a vivir nunca, no volvería a pasear por Berlín, no iría de nuevo tomar un trago con sus amigos, jamás vería el mar del sur ni cruzaría los Alpes ni viajaría en avión. Y jamás volvería a verla. Era el final, el último instante de calma, silencio y oscuridad, puede que al morir se volviese loco o tuviese demasiado miedo como para pensar en nada más. Por eso había decidido aprovechar lo últimos instantes de lucidez para si mismo, para ser feliz aun cuando fuera una felicidad imaginada que no había existido.
Cerró los ojos, cerró la mente y el resto de sentidos hasta que pudo escuchar claramente el mar a través de la ventana, a miles de millas, hasta que sintió como su propia respiración pausada y tranquila chocaba contra aquel pelo castaño y se derramaba por su dulce espalda. Y ella se giraba, le daba un beso apenas perceptible y volvía a recostarse con una sonrisa, y esa sonrisa se propagaba hasta él; a la mañana siguiente desayunarían café rápido, con un bollo tal vez, se arreglarían e irían cada uno a sus respectivos trabajos; él llegaría un poco antes a casa, haría la comida para ambos y se sentaría en el comedor a escuchar la radio mientras fumaba, después volvería a trabajar, y poco después ella llegaría a casa, a encontrar una porción de comida caliente. Y es encontrarían de nuevo de noche, y hablarían del día, y se regalarían ese cariño tan suave y dulce, tan huracanado y terrible, tan tremendo y tan inevitable. Y sería así para siempre, junto al mar, con tanta calma, con tanta tranquilidad, con tanta felicidad.
Y esa sonrisa tan absoluta le acompañó hasta su triste realidad
Pero daba igual, aun cuando nunca había estado cerca del mar, aun cuando no había vivido jamás con ella ni había tenido un trabajo más o menos real. Habría dado el mundo entero por haber tenido aquella vida tan simple y tranquila. Pero el mundo no había sido nunca suyo.
Se durmió sin querer y fue el sueño más tranquilo y reparador que había tenido en años, y fue el último sueño de toda su vida.
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