Necesitaba estar sola, necesitaba estar sola y no darle explicaciones a nadie y no hablar con nadie y quedarse fumando a las tres de la mañana sentada en un sofá de un cuchitril de alquiler intentando discernir en donde termina la realidad y empieza la pesadilla.
Necesitaba quedarse en silencio durante horas y horas, sola. Necesitaba pasear por Oviedo a horas donde nunca hay nadie. Sentarse en un parque, olvidar el reloj, olvidar todo lo demás. Y lo necesitaba para poder respirar, para poder demostrar a quien fuese que no dependía de nadie más que de sí misma, de nadie en absoluto. Porque si, porque era terriblemente dependiente, porque se aferraba a lo más inconmensurable, se aferraba a cosas demasiado inmensas y complejas para su mente sencilla y mundana.
Y daba miedo, daba miedo porque llevaba demasiado tiempo dejando pasar la vida ante sus ojos, demasiado tiempo ajena a todo, incluso a sí misma, demasiado tiempo manteniéndose al margen, surcando el espacio exterior a velocidades inimaginables con tal de no pensar y de no existir y, sobre todo, de no sentir. Pero se había terminado el combustible, había caído con terrible suavidad a la Tierra, tan terrible y tan liviana que cuando se había querido dar cuenta no podía volver a volar. No era capaz de soportarlo. Marginarse de la vida es difícil y lleva tiempo pero una vez se consigue es tan fácil y tan cómodo que de pronto el proceso de erosión del alma se olvida para siempre.
Perder eso era quedarse desnuda en la nieve. Y hacía frío y daba miedo y no podía volver atrás. Pero necesitaba un plan alternativo, una vía de escape al muy posible desastre que llegaría tarde o temprano. Un desastre que se avecinaba incluso antes de hacerse tan absolutamente evidente como entonces. Y su plan era ni más ni menos que la soledad, que depender de sí misma, que no tener que aparentar, ni que vivir a la manera de nadie. Necesitaba un refugio nuclear y lo necesitaba con urgencia, donde poder llorar a la manera de los niños, donde poder correr por los pasillos y desayunar a las siete de la tarde y tomar el té de las cinco a las cinco de la mañana y fumar incansablemente y escribir en su vieja Olivetti a toda prisa. Ya no había forma de seguir viviendo del mismo modo y dormir por las noches a la vez. Se angustiaba pensando que la catástrofe la volvería a abrazar por sorpresa, que estaba gritando muy alto sin oír su propia voz, que se estaba perdiendo a sí misma, que no era capaz de avanzar...
“Necesito estar sola”-Pensó apurando el cigarro a escondidas- “Cuánto necesito estar sola…”
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